Naoshima Jamás hubiera venido a la isla de Naoshima de no ser por Hiroshi, mi amigo japonés, viejo compañero de descubrimientos y juergas allá en la época del Cairo. Es extraño, pero agradable, reencontrar un viejo ser querido 10 años y varios países después. Esta vez las pirámides no son nuestro escenario sino esta insólita isla. Solo se puede llegar por barco a Naoshima, diminuto paraje en la costa sur de Japón, a medio camino entre Hiroshima y Osaka,

La isla tiene menos de 4.000 habitantes y hasta hace 15 años vivía de la pesca y de una contaminante refinería metalúrgica. Gracias al empeño de un coleccionista y empresario japonés, se ha convertido en una inmensa galería de arte contemporáneo al aire libre. En Naoshima, la arquitectura minimalista del gran Tadao Ando y el arte dialogan con la luz, la naturaleza y el mar, con el hombre como testigo.

Bennesse House

Hiroshi me cuenta en el ferry que la concentración de obras de artistas de renombre por kilómetro cuadrado es notable: Monet, James Turrel, David Hockney y Jason Pollock están presentes en la colección. Una vez allí, todo lo que me había  contado se cumple con creces. Hay numerosas galerías subterráneas donde ranuras de luz llevan a enormes espacios diáfanos abiertos al horizonte, al cielo y a obras de arte remarcables. Hay obras desperdigadas por todas partes: la costa, los muelles, las verdes laderas de las montañas…Todo está cubierto de un aura de misticismo, de silencio, de victoria de la naturaleza y del genio creativo del hombre. No hay turistas, apenas algún viajero japonés. Siento que soy el único extranjero en la isla. Es una sensación curiosa pero que me gusta.

Hiroshi más que guiarme me acompaña. Me deja descubrir los parajes por mí mismo y sorprenderme en cada espacio. Casi no hablamos pero estamos muy cómodos; compartimos los silencios y los ecos de las insólitas galerías de cemento, los minimalistas espacios de vidrio y las inmensas paredes de vegetación. Todo está perfectamente diseñado. Todo ha sido milimétricamente ejecutado por el metódico y perfeccionista espíritu japonés. La arquitectura de Tadao Ando es sencilla y sobrecogedora. De fondo, nos inundan los sonidos del mar, los murmullos de insectos del bosque, los rayos de luz dirigidos por el espacio arquitectónico. Hiroshi me sigue, no lo veo a veces, pero lo percibo siguiendo mis pasos; me observa reflexivo y respetuoso mientras yo descubro todo anonadado.Naoshima

Accedemos a un edificio que parece una nave espacial, con rampas de hormigón y largas líneas de luz que vienen del cielo. Llegamos a una sala blanca y silenciosa donde dos asistentes vestidos de blanco impoluto se inclinan en reverencia y nos indican en silencio que debemos descalzarnos para ponernos unas pantuflas también blancas. Hemos llegado a la cámara de Monet, hace frío y estamos solos. Siguiendo la indicación de los asistentes y su última reverencia como sacra despedida, nos adentramos en un pequeño laberinto blanco que cada vez se vuelve más frío y negro. Caminamos lentamente a oscuras. Al fondo se abre una inmensa galería inundada de luz por aperturas indirectas. Toda la sala subterránea está inundada de sol, pero es de color blanco y no sabría decir de donde proviene. El suelo es de mosaico frío que podemos sentir a través de las pantuflas que llevamos. No hay ruido, solo los dos asistentes apenas perceptibles, que a lo lejos se inclinan ante nosotros y fijan de nuevo sus miradas al frente. No sabría decir si son humanos o robots.

Tres enormes y azulados cuadros de las Ninfeas de Monet se exhiben majestuosos e imponentes frente a nosotros. Alrededor solo hay espacio blanco. Uno ni siquiera sabría decir donde acaba el suelo y donde empiezan las paredes. Los cuadros enormes flotan bellos e ingrávidos y la deliciosa luz occipital lo inunda todo transmitiendo una sensación de irrealidad. Nuestros pies descalzos en contacto con el mosaico parecen mostrar respeto hacia la obra del maestro pintor. Tengo la carne de gallina. Quizá sea el frío, la luz de la sala, o el sentimiento de misticismo e irrealidad en el que estoy sumido.

No sé cuánto tiempo ha pasado, perdí la noción del tiempo en esta sala. Busco a Hiroshi con los ojos, que de nuevo, me observa silencioso y pensativo desde atrás. Nos miramos con sorpresa y admiración. Le sonrío, pero él está sobrecogido, se inclina y no se atreve a mirarme a los ojos.

Esa noche cenaremos en la misma galería de arte, frente a un Pollock y una imponente puesta de sol sobre la costa. La habitación del hotel sobrevuela la bahía de Naoshima y  desde ella se ve el largo puente flotante que une Japón con la isla de la ciudad de Takamatsu.

Benesse House dinner

Sé que Hiroshi quiere decirme algo, pero su profunda timidez y pudor japoneses se lo han impedido por el momento. Sé que muchas cosas quedaron a medias entre nosotros en el Cairo. Hiroshi y yo podríamos haber compartido más destinos, pero éramos muy jóvenes y los dos queríamos descubrir el mundo. Aun no sé por qué me invitó a venir a Japón, a esta extraña y bella isla de Naoshima, a este lujoso Hotel Benesse House donde mis sentidos han sido deslumbrados.

Benesse Art Site

Después de cenar quiere llevarme a ver una obra de un artista chino, una inmensa calabaza gigante en el puerto, a 20 minutos a paseo por la playa.

Estoy seguro que esta vez hablará.  No dejará pasar 10 años más para decírmelo.

Cuaderno de lugares imposibles de Pedro Edwards

Otros posts de Pedro Edwards: Noches de jazz oriental (y coches bomba) en Beirut, Esqueletos soviéticos en el Caribe,  Zombies y cooperantes en el Hotel Oloffsen de Haití

Fotos: Benesse House y propias